Bajó del camión y cargó en su espalda el saquillo donde
llevaba sus alimentos para todo un mes. Le acompañaba su joven esposa, que
amamantaba una wawita de pocos meses.
El ambarino y diminuto pueblo alojaba soledad y dejadez. Él,
como sereno de la repetidora de telecomunicaciones, ya se había acostumbrado a
aquel pacífico silencio.
Entró a su casa, que no era más que un cuarto, parte de una
hilera de viviendas diminutas, hechas de adobe que, apoyadas a un rocoso y
empinado alcor, perdían la luz solar mucho antes del ocaso. Le comentó a su
mujer que en la casa contigua vivió una familia hasta hace unos meses,
aglutinados todos en aquel pequeño espacio, pero a la muerte de don Julián,
esposo y padre abnegado, se marcharon de aquel lugar.
Acomodados para permanecer en la casa del sereno todo un mes,
llegó la noche y con el cansancio del viaje apagaron la luz del único foco que
colgaba de la viga principal, sin decir nada se quedaron dormidos.
Fue a la medianoche cuando la pareja despertó al escuchar un
fuerte barullo que llegaba de afuera. El hombre asustado se paró tras la puerta,
apoyando el oído a la misma. Las voces se acercaban entre risas y jolgorio. La
mujer se paró al lado de su esposo queriendo prender la luz; este le pidió en
susurros que no lo hiciera. Aquella voz que sobresalía a las otras era la de su
vecino, el finado.
El alma de don Julián traía a sus amigos, les decía que en su
casa les esperaba un gran banquete y que todos estaban invitados. Cuando
llegaron a su casa y el difunto observó que su puerta estaba cerrada con un
gran candado, empezó a llorar lastimero. Se preguntaba por qué su familia no le
había armado un altar de Todo Santos, como él mismo les había enseñado cuando
estaba vivo. Todo esto lo escuchaba la pareja en su casa mientras temblaban de
miedo sujetados sus manos.
Después de escuchar los lamentos de aquel afligido espíritu,
el sereno no aguantó más; prendió la luz del cuarto, hurgó entre las cosas que
había traído de la ciudad, sacó una bolsa de panes, urpus, t’antawawas, bizcochuelos
y maicillos que había comprado por goloso, los acomodó en los dos únicos platos
que tenían. En el par de jarros que estaban volteados en la alacena, vertió
agua y gaseosa que sobró del viaje. Abrió la puerta y al vacío dijo en vos
fuerte, "don Julián, estás bienvenido a comer estas ofrendas de Todo
Santos a mi casa". Cerró la puerta, apagó la luz y se metió en la cama con su
mujer quien rezaba a media voz un padrenuestro, se taparon hasta la cabeza con los phullus con temor extremo.
La pareja no pudo dormir el resto de la noche hasta que salió el
sol. Se levantaron temerosos y observaron que el agua y la gaseosa de los vasos acomodados en el altar improvisado de Todo Santos mermaron más de la mitad.